Un análisis personal sobre las nuevas leyes secundarias que revocan la reforma de 2013 y devuelven a Pemex y CFE su papel como empresas públicas del Estado. ¿Es realmente el empujón que México requiere o un paso atrás en materia de competitividad?
Siempre he creído que la industria energética es, de alguna manera, el pulso de la soberanía de un país. Con el decreto firmado este 18 de marzo, la presidenta Claudia Sheinbaum quiso dejar claro que su gobierno quiere reconquistar el lugar protagónico de Pemex y la CFE, justo como lo dictaba la expropiación petrolera de 1938. Pero, ¿hasta dónde llega esta decisión? ¿Es un verdadero reimpulso o solo un afán de regresar a un modelo que se volvió insostenible?
Lo que ahora se afirma desde Palacio Nacional es que la deuda de Pemex explotó en el pasado y que la producción de crudo se desplomó, cediendo espacio a iniciativas privadas. Según Sheinbaum, este escenario demostró que la reforma anterior falló. Sin embargo, me pregunto: ¿no existieron otros factores globales, como la baja en precios internacionales o la competencia de energías renovables?
De acuerdo con la mandataria, México produce 1.8 millones de barriles diarios, las refinerías vuelven a operar de forma más eficiente y la producción de fertilizantes va en alza. Incluso Víctor Rodríguez Padilla, de Pemex, menciona proyectos como:
Sin duda, suena alentador ver algo de “chispazo de vida” en la petrolera nacional. No obstante, en lo personal, sigo con la duda de si estas cifras son suficientes para garantizar una reactivación sostenible a mediano plazo.
La reforma refuerza la idea de “verticalizar” Pemex y la CFE. Esto significa que se busca integrar los procesos desde la exploración hasta la venta final de energía. En teoría, la coordinación interna podría agilizar proyectos y reducir costos. Pero no olvidemos que este tipo de monopolio estatal también conlleva ciertos riesgos, como la falta de competencia y la menor presión para innovar.
México lleva años intentando diversificar su cartera energética y atraer inversiones. Con esta reforma, algunos inversionistas podrían sentirse inquietos. ¿Querrán arriesgar sus recursos en un mercado más controlado por el Estado? ¿Podrá la nación equilibrar la soberanía energética con el dinamismo que traen otros jugadores?
A mí me parece que no todo es blanco o negro. El modelo anterior tuvo sus claroscuros: la caída en producción y el endeudamiento no fueron inventados; pero este nuevo impulso, ¿será suficiente para contrarrestar problemas estructurales como la corrupción, la ineficiencia y la falta de transparencia?
Porque, ¿de qué serviría un Pemex supuestamente “fuerte” si detrás persisten vicios de la vieja escuela?
Si te interesa desmenuzar más este tema, te sugiero estar pendiente de las próximas publicaciones en AI Regula Solutions, donde analizaremos cómo avanza esta reconfiguración legal y sus implicaciones en la competitividad energética de México.
Comparte este artículo y opina: ¿crees que este rescate es la clave para revivir el espíritu de 1938, o un retroceso que ahuyentará a los inversores privados? La respuesta, como siempre, puede que esté en un punto intermedio. Lo cierto es que la energía sigue siendo un motor para México, y la manera en que la gestionemos marcará nuestro futuro como potencia petrolera o como un jugador rezagado en la escena global.
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