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Producción de gas natural de Pemex cae a su nivel más bajo desde 1994 y expone una fragilidad energética creciente

La producción de gas natural de Pemex cayó a su nivel más bajo desde 1994, una señal que vuelve a encender alertas sobre la dependencia energética de México y la estabilidad del sistema eléctrico.

Producción de gas natural de Pemex cae a su nivel más bajo desde 1994 y expone una fragilidad energética creciente

Hay cifras que, más que describir una tendencia, funcionan como una advertencia.

La producción de gas natural de Petróleos Mexicanos acaba de registrar su punto más bajo desde 1994. La cifra, que podría parecer simplemente otro dato estadístico dentro del vasto universo energético del país, tiene implicaciones mucho más profundas de lo que sugieren los números.

En términos simples, México produce hoy menos gas natural que hace treinta años.

Y ocurre en el momento en que el país depende más que nunca de ese combustible.

El gas natural se convirtió silenciosamente en el corazón del sistema energético mexicano. Alimenta centrales eléctricas, abastece a la industria, sostiene la petroquímica y funciona como el combustible dominante para la generación de electricidad.

Cuando la producción cae, la dependencia externa crece.

Y eso es exactamente lo que está ocurriendo.

Un descenso que no comenzó ayer

La caída de la producción de gas natural no es un fenómeno repentino. Es el resultado de un proceso que lleva más de una década desarrollándose dentro de la industria petrolera mexicana.

Durante muchos años, gran parte del gas natural producido por Pemex estaba asociado a la extracción de petróleo. En los grandes campos petroleros del Golfo de México, el gas aparece junto con el crudo y forma parte del mismo sistema geológico.

Cuando esos campos alcanzan su madurez, la producción de gas asociado también comienza a disminuir.

Ese es uno de los factores detrás del descenso actual.

Los campos gigantes que durante años sostuvieron la producción energética del país han entrado en etapas de declinación natural. Cantarell, uno de los complejos petroleros más importantes de la historia de México, es quizá el ejemplo más emblemático de ese fenómeno.

A medida que estos campos pierden presión y volumen de producción, también cae la cantidad de gas que los acompaña.

Pero el problema no termina ahí.

La apuesta energética que transformó el sistema eléctrico

Mientras la producción nacional de gas disminuía, el consumo comenzó a crecer con rapidez.

Durante las últimas dos décadas, México transformó su matriz de generación eléctrica apostando por centrales de ciclo combinado alimentadas con gas natural.

Estas plantas ofrecen varias ventajas técnicas. Son más eficientes que las termoeléctricas tradicionales, pueden entrar en operación rápidamente y emiten menos contaminantes que combustibles como el combustóleo.

El resultado fue una expansión acelerada de la capacidad instalada basada en gas.

Hoy una parte sustancial de la electricidad que se produce en México depende directamente de este combustible.

El problema es que el crecimiento del consumo no fue acompañado por un aumento equivalente en la producción nacional.

La brecha entre lo que México produce y lo que necesita comenzó a ampliarse.

El gas que llega desde el norte

Para cubrir esa diferencia, el país encontró una solución aparentemente conveniente: importar gas desde Estados Unidos.

La revolución del shale gas en Texas y otros estados estadounidenses generó una oferta abundante y relativamente barata de gas natural. La proximidad geográfica facilitó la construcción de gasoductos transfronterizos capaces de transportar grandes volúmenes hacia el mercado mexicano.

En pocos años, México se convirtió en uno de los mayores importadores de gas natural estadounidense.

El modelo funcionó durante mucho tiempo. El gas era barato, el suministro abundante y la infraestructura de transporte crecía rápidamente.

Pero esa dependencia también creó una vulnerabilidad estructural.

Si el suministro se interrumpe o los precios internacionales cambian abruptamente, el sistema energético mexicano puede sentir el impacto de inmediato.

Una advertencia que ya ocurrió

El país ya tuvo un anticipo de ese riesgo.

En febrero de 2021, una tormenta invernal extrema golpeó Texas y paralizó parte de su sistema energético. Las bajas temperaturas congelaron infraestructura gasífera y obligaron a suspender temporalmente exportaciones de gas hacia México.

En cuestión de horas, el sistema eléctrico mexicano comenzó a enfrentar dificultades para mantener el suministro de energía.

Varias centrales de generación que dependían de gas importado tuvieron que reducir operaciones. Algunas regiones del país experimentaron apagones.

El episodio dejó una lección clara: cuando el suministro de gas se interrumpe, el impacto puede propagarse rápidamente por todo el sistema eléctrico.

El desafío de producir más gas

La caída de la producción nacional plantea una pregunta inevitable para la política energética del país.

¿Puede México revertir esta tendencia?

Incrementar la producción de gas natural no es una tarea sencilla. Requiere inversiones significativas, exploración de nuevos yacimientos y desarrollo de infraestructura para procesamiento y transporte.

Además, gran parte de los recursos gasíferos del país se encuentran en formaciones geológicas que requieren técnicas más complejas de extracción.

En algunos casos se trata de gas no convencional, atrapado en rocas compactas que solo pueden explotarse mediante fractura hidráulica.

Ese tipo de proyectos han sido objeto de intensos debates ambientales y políticos en México.

Mientras esa discusión continúa, la producción nacional sigue disminuyendo.

La paradoja energética mexicana

La situación actual revela una paradoja energética difícil de ignorar.

México es un país con importantes recursos de hidrocarburos. Durante décadas fue uno de los principales productores de petróleo del mundo.

Sin embargo, en el caso del gas natural la realidad es distinta.

El país posee reservas potenciales importantes, pero gran parte de ellas permanece sin desarrollar.

Al mismo tiempo, el sistema energético nacional se ha vuelto cada vez más dependiente del gas como combustible principal para generar electricidad.

Eso significa que el futuro energético del país está cada vez más ligado a un recurso que produce en cantidades insuficientes.

Un indicador que va más allá de Pemex

La cifra de producción de gas natural no es solo un indicador del desempeño de Pemex.

También es un reflejo del equilibrio energético del país.

Cuando la producción nacional cae a niveles no vistos desde mediados de los años noventa, la señal es clara.

El sistema energético mexicano se encuentra en una etapa de transición compleja.

Las decisiones que se tomen en los próximos años sobre exploración, inversión en infraestructura y política energética definirán si el país logra reducir su dependencia externa o si esa dependencia continuará creciendo.

Por ahora, la cifra más reciente de producción de gas natural funciona como una advertencia silenciosa.

Una advertencia sobre la fragilidad de un sistema energético que cada vez consume más gas, pero produce cada vez menos.


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