Análisis sobre cómo la dependencia externa de gas natural expone al sistema energético mexicano a riesgos operativos, financieros y geopolíticos. El costo bajo no garantiza resiliencia estructural.
Durante la última década, el gas natural se consolidó como el combustible dominante del sistema energético mexicano. Es más barato que el combustóleo, menos contaminante que el carbón y más flexible que muchas fuentes renovables intermitentes. Pero detrás del aparente beneficio económico se esconde un riesgo estructural que rara vez se analiza con profundidad: la dependencia externa como ancla de estabilidad y, al mismo tiempo, como vulnerabilidad sistémica.
Hoy México importa más del 70 por ciento del gas natural que consume, y en algunos periodos esa cifra ha superado el 80 por ciento. La mayor parte proviene de Estados Unidos a través de una red de ductos transfronterizos que funcionan con alta confiabilidad operativa. Sin embargo, confiabilidad no significa soberanía ni resiliencia.
El gas barato no es sinónimo de sistema fuerte.
El diferencial de precios entre el Henry Hub estadounidense y otros mercados globales ha permitido que México acceda a gas a precios competitivos durante años. Esto ha favorecido la generación eléctrica de ciclo combinado, desplazando combustibles más caros y elevando la eficiencia térmica promedio del parque de generación.
Pero este modelo descansa sobre tres supuestos frágiles:
Que Estados Unidos mantendrá excedentes exportables.
Que no habrá disrupciones logísticas en Texas.
Que los precios seguirán siendo estructuralmente bajos.
El evento invernal de Texas en 2021 demostró que estos supuestos pueden romperse simultáneamente. En cuestión de días, el sistema eléctrico mexicano perdió gigavatios de capacidad por falta de gas. No fue un problema técnico interno. Fue un choque externo.
Un sistema que depende de un solo proveedor estratégico no es un sistema diversificado, es un sistema expuesto.
La dependencia no solo es comercial. Es operativa y estructural.
Más del 60 por ciento de la generación eléctrica nacional depende del gas natural. Si el suministro se interrumpe, el impacto no es marginal: afecta la estabilidad del Sistema Eléctrico Nacional, la industria manufacturera, la petroquímica, la refinación y el consumo residencial.
El riesgo no radica únicamente en el volumen importado, sino en la concentración geográfica del origen y en la falta de almacenamiento estratégico suficiente.
México carece de inventarios robustos que permitan amortiguar disrupciones prolongadas. La política pública ha privilegiado infraestructura de transporte, pero no almacenamiento masivo. La resiliencia energética no se construye solo con ductos, sino con inventarios y redundancias.
Se suele argumentar que el gas estadounidense fortalece la competitividad industrial y permite tarifas eléctricas más estables. Es cierto en el corto plazo. Pero la soberanía energética no se mide únicamente por precio, sino por control sobre variables críticas.
Un sistema que no controla su insumo principal carece de margen estratégico.
Esto no implica abandonar las importaciones, sino reconocer que la política energética debe incorporar métricas de exposición geopolítica, riesgo de interrupción y capacidad de sustitución tecnológica.
La discusión no es ideológica. Es sistémica.
El gas natural cumple una función clave: respalda la intermitencia renovable y proporciona energía firme al sistema eléctrico. Sin embargo, su rol dominante ha desplazado inversiones en almacenamiento estratégico, diversificación de proveedores y desarrollo acelerado de producción nacional.
El dilema es claro:
Reducir dependencia requiere inversión significativa.
Mantener dependencia implica aceptar vulnerabilidad estructural.
No se trata de elegir entre gas barato o independencia absoluta, sino de diseñar una arquitectura energética donde el precio no sea el único criterio de decisión.
Existe otro ángulo poco discutido: el riesgo financiero sistémico.
Si los precios del gas se disparan por factores externos, el impacto se traslada a tarifas eléctricas, subsidios públicos y costos industriales. El efecto multiplicador es inmediato. El gas es el insumo dominante de generación. Cualquier volatilidad afecta el balance fiscal y la competitividad manufacturera.
En otras palabras, el gas natural no es solo una variable energética. Es una variable macroeconómica.
La paradoja del sistema mexicano es que funciona con eficiencia aparente, pero con vulnerabilidad estructural latente.
El gas barato ha permitido estabilidad operativa y reducción de costos. Pero también ha reducido el incentivo político y financiero para diversificar riesgos.
Un sistema robusto no es el que opera barato, sino el que puede absorber choques sin colapsar.
La pregunta estratégica no es cuánto cuesta hoy el gas, sino cuánto cuesta no tener alternativas mañana.
La dependencia externa debe medirse, modelarse y gestionarse. No basta con reconocerla.
En un entorno donde la planeación energética requiere integrar variables regulatorias, contractuales y de riesgo, herramientas como RegulaOps permiten mapear obligaciones, exposición normativa, dependencia de insumos críticos y escenarios de interrupción.
El riesgo no desaparece por ignorarlo. Se reduce cuando se cuantifica.
El gas natural seguirá siendo pilar del sistema energético mexicano en el corto y mediano plazo. Pero sostener el sistema sobre una sola fuente externa sin estrategias de resiliencia es apostar a que el entorno nunca cambiará.
La historia energética demuestra lo contrario.
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