Análisis técnico sobre la diferencia entre el crudo que Pemex procesa y el volumen real de gasolinas y destilados que produce el Sistema Nacional de Refinación.
La reciente cifra de 1.5 millones de barriles diarios reactivaron una discusión técnica que suele diluirse en el debate público: la diferencia entre el volumen de crudo que ingresa a las refinerías y el volumen efectivo de gasolinas, diésel y otros destilados que salen como productos terminados del Sistema Nacional de Refinación.
En términos industriales, procesamiento de crudo se refiere a la cantidad de barriles que entran a las unidades de destilación primaria. Es una métrica de carga. Producción de combustibles terminados, en cambio, es el resultado neto después de conversiones, pérdidas, eficiencia de unidades secundarias y paros operativos. No todo barril procesado se convierte en gasolina o diésel utilizable. Parte se transforma en combustóleo, parte en gas residual, parte se consume internamente y otra fracción puede perderse por ineficiencias operativas.
La diferencia entre ambas métricas es fundamental para entender desempeño real. Una refinería puede reportar alta carga de crudo y, sin embargo, mostrar rendimientos bajos en destilados ligeros si las unidades de conversión profunda no operan a plena capacidad o si existen restricciones técnicas. La tasa de utilización efectiva por complejo depende no solo de la carga, sino de la confiabilidad de catalizadores, hornos, sistemas de hidrodesulfuración y manejo de productos intermedios.
En el caso del Sistema Nacional de Refinación, la utilización real por refinería suele estar condicionada por paros programados y no programados. Los primeros responden a mantenimientos mayores indispensables para preservar integridad mecánica y seguridad operativa. Los segundos revelan vulnerabilidades estructurales en equipos, instrumentación o suministro de insumos críticos. Cada paro reduce el factor de utilización anual y distorsiona la relación entre crudo procesado y combustibles producidos.
Cuando la brecha operativa se amplía, el impacto no se limita a estadísticas internas. Si el volumen efectivo de gasolinas y diésel es inferior a la demanda nacional, la diferencia debe cubrirse mediante importaciones. Esto implica presión sobre logística portuaria, mayor exposición a precios internacionales y dependencia de infraestructura externa para asegurar suministro continuo. El balance energético se define por productos disponibles en terminales de almacenamiento y estaciones de servicio, no por barriles ingresados a torres de destilación.
La autosuficiencia energética, desde una perspectiva industrial, se mide por la capacidad de transformar crudo en combustibles comercializables con eficiencia técnica y estabilidad operativa. No basta con elevar la carga nominal si la producción final no acompaña ese incremento. Un sistema puede procesar más crudo y aun así depender de importaciones si los rendimientos en gasolinas son insuficientes o si los paros reducen producción neta.
Traducida a términos económicos, la brecha entre procesamiento y producción efectiva se refleja en mayores costos logísticos, almacenamiento adicional y compras externas que erosionan margen. La planeación de abastecimiento se vuelve más compleja cuando la salida de combustibles fluctúa según confiabilidad operativa. El resultado es un sistema que aparenta mayor actividad, pero cuya capacidad real de satisfacer demanda interna sigue condicionada por eficiencia técnica.
El debate sobre los 1.5 millones de barriles diarios encuentra aquí su punto crítico. La cifra de procesamiento puede ser relevante para describir actividad industrial, pero el indicador determinante para la seguridad de suministro es la producción neta de combustibles terminados. Mientras ambas curvas no converjan de forma consistente, la discusión sobre autosuficiencia seguirá marcada por una diferencia estructural entre carga y resultado.
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