Pemex adjudica el campo terrestre Macavil a una empresa vinculada a Carlos Slim. El contrato refleja el regreso de esquemas mixtos para producir gas ante límites técnicos y financieros.
La adjudicación del campo terrestre de gas y condensado Macavil marca algo más que un nuevo contrato operativo para Pemex. Representa una señal clara de que la empresa productiva del Estado está recurriendo nuevamente a esquemas de asociación para resolver una de sus mayores urgencias técnicas: producir gas natural en tiempo y volumen suficientes, con un balance de riesgo que ya no puede absorber en solitario.
De acuerdo con información conocida del proceso, el contrato fue asignado a una empresa vinculada a Carlos Slim, bajo un esquema que combina inversión privada con control operativo de Pemex sobre el activo. No se trata de una cesión plena del campo ni de un contrato de licencia clásico, sino de un arreglo híbrido que permite a la petrolera mantener la titularidad del yacimiento mientras traslada parte del riesgo financiero y de ejecución a un socio con capacidad de capital y experiencia en proyectos de infraestructura.
Este tipo de contratos mixtos reaparece en un momento clave. Macavil es un campo terrestre de gas y condensado cuya relevancia no está en su tamaño individual, sino en su aporte incremental a un sistema que enfrenta declinación en varias regiones y una dependencia estructural de importaciones. La urgencia no es estratégica en abstracto, es operativa: cada retraso en producción doméstica se traduce en mayor presión sobre compras externas y sobre la infraestructura de transporte y almacenamiento.
El modelo elegido revela con claridad la lógica detrás de la decisión. Pemex conserva la rectoría técnica del proyecto y define el marco de desarrollo, pero el socio privado asume compromisos de inversión y ejecución que permiten acelerar actividades de perforación, acondicionamiento y producción temprana. El riesgo de sobrecostos, tiempos y eficiencia ya no recae exclusivamente en la petrolera estatal, lo que alivia la gobernanza del CAPEX en un contexto de restricciones presupuestales persistentes.
En términos de ejecución, el contrato apunta a reducir la brecha entre adjudicación y producción efectiva, uno de los principales cuellos de botella históricos de Pemex en campos terrestres. La participación de un socio con músculo financiero permite adelantar etapas que, bajo esquemas tradicionales, quedarían sujetas a ciclos presupuestales o a reprogramaciones internas. El verdadero valor del acuerdo no está en el anuncio, sino en la posibilidad de que Macavil entre en una trayectoria productiva más corta y predecible.
El regreso de estos esquemas también expone límites estructurales. Pemex reconoce implícitamente que su capacidad técnica y financiera para desarrollar simultáneamente múltiples campos de gas es insuficiente bajo el modelo 100 por ciento estatal. Lejos de una privatización encubierta, el contrato refleja una adaptación pragmática: producir gas requiere capital, disciplina de ejecución y reparto de riesgos, incluso cuando el Estado conserva el control del recurso.
Este movimiento reconfigura el mapa de contratación upstream en México. Los contratos mixtos reaparecen no como excepción ideológica, sino como herramienta operativa para resolver un problema concreto de suministro. En el corto plazo, Macavil se convierte en un laboratorio de esta lógica. En el mediano, puede sentar precedente para otros campos terrestres donde el desafío no es geológico, sino financiero y de ejecución.
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