México depende cada vez más del gas natural importado desde Estados Unidos para generar electricidad. Análisis de los riesgos energéticos, la infraestructura de gasoductos y la vulnerabilidad del sistema eléctrico mexicano.
En las salas de control del sistema eléctrico mexicano, los operadores del Centro Nacional de Control de Energía observan en tiempo real el pulso energético del país. En enormes pantallas se proyectan mapas del sistema de transmisión, curvas de demanda eléctrica y flujos de energía que recorren miles de kilómetros de líneas de alta tensión.
Pero detrás de esos mapas existe otro sistema que rara vez aparece en las pantallas públicas.
Una red invisible de gasoductos que cruza la frontera norte y transporta diariamente el combustible que hoy sostiene buena parte de la electricidad que consume México.
Ese combustible es el gas natural.
En los últimos quince años, el sistema energético mexicano ha experimentado una transformación silenciosa. El petróleo, que durante décadas fue el eje del sector energético nacional, ha cedido protagonismo frente a un combustible más barato, más limpio y más eficiente para la generación eléctrica.
Hoy el gas natural se ha convertido en el corazón del sistema eléctrico mexicano.
Pero ese corazón late, en gran medida, gracias a un suministro que proviene del otro lado de la frontera.
Durante gran parte del siglo XX, la generación eléctrica en México dependía de combustibles pesados derivados del petróleo, como el combustóleo.
Las centrales termoeléctricas quemaban grandes volúmenes de ese combustible para producir electricidad.
Ese modelo comenzó a cambiar de forma acelerada a partir de la década de 2000.
Las nuevas tecnologías de generación eléctrica basadas en ciclos combinados de gas natural ofrecían ventajas técnicas difíciles de ignorar.
Las plantas podían generar más electricidad con menos combustible.
Los costos operativos eran significativamente menores.
Las emisiones contaminantes se reducían de forma importante.
Para un sistema eléctrico que enfrentaba una demanda creciente de energía, el gas natural se convirtió rápidamente en la opción más eficiente.
Con el paso de los años, la Comisión Federal de Electricidad fue ampliando su parque de centrales de ciclo combinado.
El resultado de esa transformación es visible hoy en las estadísticas del sector eléctrico.
Más de la mitad de la electricidad que se genera en México proviene de plantas que utilizan gas natural.
El combustible que antes ocupaba un papel secundario en el sistema energético se convirtió en la base del modelo de generación eléctrica.
La expansión del gas natural en México coincidió con otro fenómeno energético al norte de la frontera.
La revolución del shale gas en Estados Unidos.
A partir de mediados de la década de 2000, el desarrollo de técnicas de fractura hidráulica y perforación horizontal permitió explotar enormes reservas de gas natural en estados como Texas y Pensilvania.
La producción estadounidense de gas natural se disparó.
El país pasó de ser un potencial importador de gas a convertirse en uno de los mayores productores del mundo.
Ese cambio tuvo un efecto inmediato en los precios.
El gas natural en Estados Unidos se volvió abundante y relativamente barato.
Para México, que enfrentaba una demanda creciente de gas y una producción doméstica limitada, ese combustible representaba una oportunidad.
Importar gas desde Texas era más barato que producirlo localmente.
Así comenzó una expansión acelerada de infraestructura de gasoductos transfronterizos.
Hoy una compleja red de gasoductos conecta los campos de producción del sur de Texas con el sistema energético mexicano.
Infraestructuras como el gasoducto Los Ramones, el sistema Waha en Texas o el corredor Sur de Texas-Tuxpan transportan diariamente enormes volúmenes de gas natural hacia territorio mexicano.
Este sistema de tuberías atraviesa desiertos, montañas y regiones industriales para alimentar centrales eléctricas, complejos petroquímicos y parques industriales.
Cada día fluyen hacia México miles de millones de pies cúbicos de gas natural.
La mayor parte de ese combustible se utiliza para generar electricidad.
Este flujo constante de gas ha permitido sostener el crecimiento del sistema eléctrico mexicano sin recurrir a combustibles más caros o más contaminantes.
Pero también ha creado una dependencia estructural.
Hoy México importa cerca de tres cuartas partes del gas natural que consume.
Y casi todo ese gas proviene de Estados Unidos.
La dependencia energética no siempre se percibe hasta que algo falla.
El ejemplo más claro ocurrió en febrero de 2021, cuando una ola de frío extremo golpeó Texas.
Las temperaturas congelaron infraestructura energética, afectaron la producción de gas y dispararon la demanda interna en Estados Unidos.
El resultado fue una reducción abrupta en el suministro de gas hacia México.
Las centrales eléctricas que dependían de ese combustible comenzaron a enfrentar restricciones operativas.
En varios estados del norte del país se registraron apagones.
Industrias enteras tuvieron que detener operaciones.
El episodio reveló con crudeza la vulnerabilidad del sistema energético mexicano.
Un fenómeno climático ocurrido a cientos de kilómetros de distancia pudo afectar la estabilidad eléctrica de todo un país.
Uno de los factores que amplifican ese riesgo es la falta de almacenamiento estratégico de gas natural en México.
A diferencia de otros países con alta dependencia de este combustible, México cuenta con muy poca capacidad para almacenar gas.
En Estados Unidos existen enormes instalaciones subterráneas capaces de almacenar gas durante meses.
Esos inventarios funcionan como un colchón de seguridad cuando la producción se interrumpe o cuando la demanda se dispara.
México no tiene ese margen.
La mayor parte del gas que se consume en el país fluye directamente desde los gasoductos hacia las centrales eléctricas.
Es un sistema eficiente en condiciones normales, pero extremadamente vulnerable ante interrupciones en el suministro.
Si el flujo de gas se reduce de forma repentina, el sistema eléctrico tiene pocas alternativas inmediatas.
La CFE se encuentra en el centro de esta ecuación energética.
La empresa estatal opera la mayor parte de las centrales de ciclo combinado que utilizan gas natural para generar electricidad.
También participa en el desarrollo y operación de gasoductos que transportan el combustible hacia esas centrales.
La estrategia de expansión del gas natural permitió reducir costos de generación eléctrica durante muchos años.
Pero también expuso a la empresa a la volatilidad del mercado internacional del gas.
Cuando los precios del gas suben en Estados Unidos, los costos de generación eléctrica en México también se elevan.
Y cuando el suministro se interrumpe, las centrales eléctricas pueden enfrentar restricciones operativas.
La dependencia del gas natural se convirtió en una espada de doble filo.
El impacto de esa dependencia también se refleja en el Mercado Eléctrico Mayorista.
Este mercado determina diariamente el precio de la electricidad en México a partir de la oferta y la demanda de generación.
Las centrales que generan electricidad con los costos más bajos suelen marcar el precio del sistema.
Durante muchos años, las plantas de ciclo combinado alimentadas con gas natural ocuparon ese lugar.
Pero cuando el precio del gas se dispara o cuando existen restricciones en el suministro, el costo de generación eléctrica aumenta.
Ese incremento puede trasladarse a los precios del mercado eléctrico.
Para industrias intensivas en consumo energético, esas fluctuaciones pueden representar costos operativos significativos.
El modelo energético mexicano se construyó durante años bajo una premisa económica clara.
El gas natural importado era barato, abundante y confiable.
Mientras esas condiciones se mantengan, el sistema puede operar con relativa estabilidad.
Pero la realidad energética global es cada vez más incierta.
Fenómenos climáticos extremos, tensiones geopolíticas y cambios en los mercados energéticos pueden alterar rápidamente el equilibrio del sistema.
Si el suministro de gas natural desde Estados Unidos se interrumpiera durante un periodo prolongado, las consecuencias serían inmediatas.
Las centrales eléctricas que dependen de ese combustible enfrentarían restricciones operativas.
El sistema eléctrico podría registrar apagones en distintas regiones del país.
Los precios de la electricidad podrían aumentar.
Y sectores industriales que dependen de un suministro eléctrico estable enfrentarían interrupciones en su producción.
La dependencia del gas natural estadounidense plantea una pregunta fundamental para la política energética mexicana.
Cómo equilibrar eficiencia económica con seguridad energética.
El gas natural permitió modernizar el sistema eléctrico y reducir costos durante años.
Pero esa eficiencia se construyó sobre una dependencia externa considerable.
Reducir ese riesgo requiere decisiones estratégicas complejas.
Desarrollar almacenamiento estratégico de gas.
Diversificar fuentes de generación eléctrica.
Fortalecer la producción nacional de gas.
O ampliar la infraestructura energética para enfrentar interrupciones temporales.
Cada una de esas opciones implica inversiones significativas y decisiones de política pública de largo plazo.
Mientras tanto, el sistema eléctrico mexicano continúa funcionando gracias a un flujo constante de gas que cruza la frontera todos los días.
Un flujo invisible que sostiene la electricidad que ilumina ciudades, alimenta industrias y mantiene en movimiento la economía del país.
La paradoja energética es clara.
El sistema eléctrico mexicano depende cada vez más de un combustible que México no controla completamente.
Y en el mundo de la energía, depender de un recurso externo siempre implica convivir con un riesgo que puede tardar años en aparecer.
Pero cuando lo hace, sus efectos suelen ser inmediatos.
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