Aunque el ajuste del IEPS 2026 se anunció como neutro para el precio final, la cadena lo está absorbiendo vía compresión de márgenes, micro-ajustes comerciales y presión de capital de trabajo. Esta nota explica dónde se está cargando el costo y qué señales deben vigilar operadores y directivos en enero–febrero.
El anuncio oficial fue claro: el ajuste del IEPS por inflación, aplicable desde el 1 de enero de 2026, no debería reflejarse como un incremento directo en el precio final al público. El punto operativo no está en el tablero de precios, está en la mecánica de absorción. Cuando el componente fiscal sube y el precio de bomba queda políticamente contenido, alguien en la cadena se convierte en amortiguador. En 2026, ese amortiguador no es una entidad abstracta: es margen comercial, es descuento negociado, es logística que se aprieta, es inventario que rota más lento y, sobre todo, es caja.
En el piso de la estación la conversación ya no es “subió el IEPS”, sino “cómo cierro el día sin regalar litros”. La diferencia importa porque la tensión no se manifiesta como un salto visible, sino como una erosión continua que se acumula en enero y se vuelve crítica en febrero cuando vencen créditos, se renuevan líneas y los proveedores dejan de esperar.
El primer amortiguador suele estar aguas arriba del surtidor: condiciones comerciales que permiten que el precio de referencia al público permanezca dentro del rango acordado. Eso puede ocurrir por micro-ajustes en el precio mayorista efectivo, por incentivos comerciales puntuales, por reasignación de descuentos por volumen o por elasticidad logística en rutas donde el costo de llevar el producto es más alto. Nada de esto luce como “subsidio” en el discurso; en operación se siente como renegociación de centavos que, multiplicados por miles de litros, definen la supervivencia del mes.
El segundo amortiguador es la logística. Cuando el precio final no puede moverse, los costos variables empiezan a pelear entre sí: fletes, maniobras, mermas, tiempos de carga, penalizaciones por ventanas, sobrecostos por desvíos. La cadena se vuelve más sensible a ineficiencias que antes se escondían en un margen sano. En regiones donde el transporte es más largo o más riesgoso, la compresión no llega uniforme: llega como dispersión, como “plazas” donde el margen desaparece antes.
El tercer amortiguador es el retail, y es el más frágil: estaciones absorbiendo centavos para sostener flujo, defendiendo volumen con descuentos, o sosteniendo un precio “alineado” mientras su costo financiero sube. En la práctica, el IEPS no trasladado se parece a una instrucción simple; para el operador es una ecuación de capital de trabajo.
La trampa de enero es contable-operativa. El precio de bomba puede verse estable, pero el ciclo efectivo del dinero se alarga: inventario que entra a un costo mayor, ventas que no ajustan al mismo ritmo, y cuentas por pagar que sí vencen. Si el operador compra más caro y vende casi igual, el margen por litro baja, pero además el inventario “come” más caja. Y si la estación sostiene descuentos para no perder volumen, lo que se deteriora no es solo el margen, es la capacidad de reponer producto sin endeudarse más.
Por eso el estrés de IEPS 2026 se detecta en señales pequeñas: menor tolerancia a diferencias de litro, más fricción en conciliaciones, más presión por cobrar rápido, y mayor dependencia a líneas revolventes. La estación que “aguanta” enero con volumen puede estar comprándose un problema de febrero si no mide su margen real, no el nominal.
Cuando el ajuste se absorbe, el mercado se fragmenta. Aparece dispersión regional porque el costo logístico y la estructura competitiva local determinan quién puede sostener el mismo precio sin destruirse. En plazas con alta competencia, la presión se traduce en descuentos más agresivos y margen negativo por horas. En plazas con menor competencia, la presión aparece como reducción de servicios, mantenimiento diferido o menor inversión en seguridad operativa. En ambos casos, la señal es la misma: el precio visible deja de ser el indicador principal; el indicador real es el margen efectivo por litro después de todo, incluyendo pérdidas, mermas y costo financiero.
La otra manifestación es inventario. Si el producto rota más lento por debilidad de demanda o por ajustes en consumo, el costo financiero del inventario se vuelve parte del “IEPS no trasladado”. En lenguaje de operación: el tanque se convierte en balance, y el balance empieza a doler.
En estas semanas, un directivo de retail o un comercializador no debería estar mirando únicamente el precio promedio, sino el comportamiento del margen efectivo y la estabilidad de suministro en su red. La primera alerta es la compresión súbita de margen sin explicación logística. Si el margen cae y el volumen no compensa, el problema no es “el mercado”; es estructura de costo y condiciones de abasto.
La segunda alerta es el deterioro de condiciones comerciales: cambios en plazos, ajustes de crédito, penalizaciones más frecuentes, o necesidad de prepago. Cuando el sistema se tensa, el crédito se vuelve más selectivo y el operador chico paga primero, aun si el precio público no se mueve.
La tercera alerta es la dispersión anómala entre estaciones propias o afiliadas en una misma zona. Si la red empieza a mostrar diferencias persistentes de rentabilidad por sitio, lo que está fallando no es el IEPS como concepto, sino la asignación de costos logísticos, rutas, mermas y disciplina operativa de cada unidad.
La cuarta alerta es de compliance operativo: cuando el margen se aprieta, el “ahorro” suele salir de mantenimiento, calibración, capacitación y documentación. En 2026 esa decisión es cara. La fiscalización no necesita clausurar para generar daño; basta con elevar carga administrativa y abrir expedientes que consumen tiempo y caja.
Sostener un precio estable con un componente fiscal ajustándose por inflación es, en términos de mercado, una transferencia de tensión. Puede ser funcional como ancla de expectativas, pero empuja el riesgo hacia donde menos se ve: margen, caja, crédito, mantenimiento y cumplimiento. El resultado probable en el primer trimestre no es una crisis de precios, sino una selección silenciosa: los operadores con mejor disciplina de costos, mejor trazabilidad de inventarios y mejor negociación de abasto sobrevivirán el periodo con menos daño; los que operan con margen “de memoria” van a descubrir tarde que el precio estable no significa operación estable.
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