El aumento del precio del diésel y la gasolina premium revela los límites del mecanismo de contención de combustibles en México. El impacto alcanza transporte, alimentos y logística.
El motor del tráiler sigue encendido mientras el conductor espera su turno en la estación de servicio.
Son las seis de la mañana y el patio ya está lleno de camiones que comienzan su jornada en la autopista. Algunos transportan alimentos que cruzarán el país en menos de veinticuatro horas. Otros llevan piezas industriales hacia plantas automotrices en el Bajío o materiales de construcción destinados a obras que no pueden detenerse.
El conductor baja de la cabina y mira el tablero del dispensador mientras comienza a cargar combustible.
El número avanza rápido.
El tanque de un tractocamión no se llena con veinte litros ni con cincuenta. Puede requerir más de quinientos litros para iniciar una ruta larga. Cada centavo que sube el precio del diésel se multiplica cientos de veces en ese momento.
Cuando la bomba se detiene, el conductor revisa el total.
Suspira.
La cuenta volvió a subir.
En las últimas semanas, el precio del diésel y de la gasolina premium ha registrado incrementos en México mientras el mecanismo de contención de precios se ha concentrado principalmente en la gasolina regular. La decisión no es casual. Responde a una estrategia que busca proteger el combustible que utilizan millones de automovilistas.
Pero esa estrategia tiene una consecuencia inevitable.
El combustible que mueve la economía productiva comienza a encarecerse.
En la conversación pública sobre combustibles, la gasolina suele acaparar la atención. El precio que aparece en las estaciones de servicio se convierte en un indicador político y económico que genera reacciones inmediatas.
Sin embargo, dentro de la estructura energética del país existe otro combustible que tiene un impacto más profundo en la actividad económica.
Ese combustible es el diésel.
El transporte de carga depende casi por completo de motores diésel. Autobuses de pasajeros, maquinaria agrícola, equipos de construcción y buena parte de la logística industrial funcionan con este combustible.
Cuando el precio del diésel sube, el efecto no se limita a un gasto adicional para conductores particulares.
Se propaga a través de toda la economía.
Cada aumento se convierte en un incremento en el costo de transportar alimentos, mover mercancías, operar maquinaria o movilizar materias primas.
Por esa razón, los cambios en el precio del diésel suelen tener un impacto más amplio que los movimientos en la gasolina.
En México existe un sistema de estímulos fiscales que se utiliza para amortiguar las variaciones del precio internacional del petróleo y de los combustibles refinados.
Ese mecanismo se aplica principalmente a través del Impuesto Especial sobre Producción y Servicios, conocido como IEPS.
Cuando los precios internacionales suben, el gobierno puede reducir temporalmente el monto del impuesto para evitar que el aumento llegue completamente al consumidor final. Cuando los precios internacionales bajan, el estímulo disminuye y el impuesto se cobra en mayor proporción.
Este sistema ha sido utilizado en distintas administraciones para estabilizar el precio de los combustibles.
Pero el estímulo no siempre se distribuye de la misma manera entre todos los tipos de gasolina y diésel.
En el contexto actual, la política de contención se ha concentrado principalmente en la gasolina regular.
La razón es política y económica al mismo tiempo.
La gasolina regular es el combustible que utilizan la mayoría de los automóviles particulares en el país. Mantener su precio relativamente estable ayuda a evitar presiones inflacionarias y reduce el impacto inmediato en millones de consumidores.
Pero esa decisión implica que otros combustibles queden más expuestos a los movimientos del mercado energético.
Entre ellos, el diésel y la gasolina premium.
Cuando el estímulo fiscal se concentra en un solo producto, los demás combustibles comienzan a reflejar con mayor claridad las condiciones reales del mercado petrolero y de refinación.
El precio de los combustibles en México no depende únicamente de decisiones internas.
El país forma parte de un mercado energético global donde los precios del petróleo y de los productos refinados se determinan en función de factores internacionales.
Las tensiones geopolíticas, las decisiones de producción de países exportadores de petróleo, los cambios en la demanda global de combustibles y la capacidad de refinación influyen directamente en el costo de producir gasolina y diésel.
Cuando el precio del petróleo sube o cuando los márgenes de refinación se amplían, el costo de los combustibles también aumenta.
En un sistema abierto al comercio energético, esas variaciones terminan trasladándose al mercado doméstico.
El transporte de carga es el primer sector que resiente el aumento del diésel.
Un camión que recorre rutas de larga distancia puede consumir cientos de litros de combustible en cada viaje. Para las empresas transportistas, el diésel representa uno de los componentes más importantes de su estructura de costos.
Cuando el precio sube, las empresas deben decidir si absorben ese aumento o si lo trasladan a sus tarifas.
Con frecuencia ocurre una combinación de ambas cosas.
Los transportistas ajustan sus precios gradualmente, lo que termina impactando el costo de mover mercancías a lo largo del país.
El impacto del diésel no se limita al transporte industrial.
Los alimentos que llegan a los centros urbanos viajan en camiones refrigerados que consumen diésel. Las cosechas se recolectan con maquinaria agrícola que también depende de este combustible.
Incluso la construcción de infraestructura y vivienda utiliza maquinaria pesada alimentada por motores diésel.
Cuando el precio del combustible sube, todos esos sectores enfrentan costos adicionales.
Con el tiempo, esos costos comienzan a reflejarse en los precios de bienes y servicios.
Por esa razón, el diésel tiene una relación directa con la inflación logística de una economía.
La gasolina premium también ha mostrado incrementos recientes.
Este combustible, utilizado por vehículos de alto rendimiento o por automóviles que requieren mayor octanaje, suele tener una demanda más limitada que la gasolina regular.
Por esa razón, los mecanismos de estímulo fiscal tienden a concentrarse menos en este producto.
En consecuencia, el precio de la gasolina premium suele reflejar con mayor rapidez los movimientos del mercado energético internacional.
Los aumentos en el precio del diésel y de la gasolina premium funcionan como señales del mercado energético.
Indican que los costos de producción, refinación o logística están cambiando.
También revelan los límites de las políticas de contención de precios cuando los factores internacionales comienzan a presionar el sistema.
En ese contexto, los combustibles se convierten en uno de los puntos donde se encuentran la política energética, la política fiscal y la economía real.
En la estación de servicio donde comenzó esta historia, el conductor del tráiler vuelve a subir a la cabina.
En unos minutos saldrá a la carretera con cientos de litros de diésel en el tanque.
Ese combustible llevará alimentos, piezas industriales o materiales de construcción a algún punto del país.
Pero antes de arrancar el motor revisa nuevamente el recibo de la estación.
El número final refleja algo más que el precio de un combustible.
Refleja la forma en que los mercados petroleros internacionales, las decisiones fiscales y la logística energética terminan encontrándose en un solo lugar.
La bomba de diésel.
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