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Derrame en ducto de Pemex en Veracruz: riesgo estructural e integridad mecánica bajo presión

Análisis del derrame de hidrocarburo en un ducto de Pemex en Veracruz desde la perspectiva de integridad mecánica, corrosión, mantenimiento predictivo y riesgo estructural en infraestructura crítica.

Derrame en ducto de Pemex en Veracruz: riesgo estructural e integridad mecánica bajo presión

El reciente derrame de hidrocarburo en un ducto de Pemex en el ejido San Miguel Mecatepec, en el estado de Veracruz, reportado por La Jornada, volvió a colocar en el centro del debate un tema que rara vez genera titulares hasta que ocurre una fuga: la integridad mecánica en infraestructura crítica.

El evento no debe analizarse como un accidente aislado ni como un episodio local. En sistemas de transporte de hidrocarburos, un derrame es el punto visible de una cadena de decisiones técnicas, operativas y presupuestales que se acumulan durante años.

El eje no es la mancha en el suelo. El eje es el riesgo estructural.

La integridad mecánica: el sistema nervioso del ducto

Un ducto de transporte no es simplemente una tubería enterrada. Es un sistema de activos sometido a presión interna constante, variaciones térmicas, movimientos del terreno, interferencias externas y procesos electroquímicos continuos.

La integridad mecánica en ductos implica tres capas técnicas fundamentales:

Primero, el aseguramiento del diseño. Espesores nominales, recubrimientos, protección catódica, selección de materiales y factores de diseño bajo normas internacionales.

Segundo, el monitoreo continuo de condición. Esto incluye inspecciones internas mediante herramientas instrumentadas conocidas como pigs inteligentes, mediciones de pérdida de espesor, detección de grietas longitudinales o circunferenciales, y evaluación de corrosión interna asociada a agua libre, CO₂ o H₂S.

Tercero, la gestión de riesgo basada en criticidad. No todos los segmentos del ducto tienen el mismo impacto potencial. Los tramos cercanos a zonas pobladas o cuerpos de agua deben operar bajo criterios de mayor frecuencia de inspección y menores tolerancias de daño remanente.

Cuando uno de estos eslabones se debilita, la falla deja de ser probabilística y se vuelve eventual.

Inspecciones, mantenimiento predictivo y gestión de corrosión

En sistemas modernos, la integridad no depende de reaccionar ante fallas, sino de anticiparlas.

La inspección interna permite generar mapas de corrosión y modelar la tasa de pérdida de espesor. Con esos datos se construyen curvas de vida remanente y se programan intervenciones antes de alcanzar el límite mínimo permisible.

El mantenimiento predictivo no consiste en reparar cuando hay fuga. Consiste en intervenir cuando la tendencia estadística indica que el margen de seguridad está disminuyendo.

La gestión de corrosión es especialmente crítica en ductos maduros. Requiere:

Monitoreo de protección catódica.
Análisis de composición del fluido transportado.
Evaluación de interferencias eléctricas externas.
Revisión periódica de recubrimientos.
Control de microorganismos en líneas susceptibles.

Si el derrame en Veracruz se originó por corrosión externa, interna o daño mecánico, el análisis técnico deberá determinar si existían indicadores previos y si estos fueron clasificados como aceptables dentro del modelo de riesgo operativo.

Ahí es donde el evento deja de ser técnico y se vuelve sistémico.

Permisos de trabajo y supervisión en zonas pobladas

El ducto involucrado se localiza en una zona con presencia de comunidades. Eso cambia la ecuación de riesgo.

En infraestructura que atraviesa áreas pobladas, los protocolos de seguridad industrial incluyen:

Permisos de trabajo estrictos para excavaciones cercanas.
Control de terceros.
Señalización permanente.
Monitoreo de interferencias.
Planes de respuesta a emergencias con coordinación municipal.

La cultura SSPA exige que cualquier actividad cercana al derecho de vía esté regulada por análisis de riesgo específicos y supervisión constante.

Cuando ocurre un derrame en una zona habitada, el impacto no es solo ambiental. Es reputacional, social y político. Y eso implica que la administración del riesgo debió haber considerado escenarios de alta consecuencia aunque la probabilidad fuera baja.

Evento aislado o síntoma de presión operativa

La pregunta estructural es si el derrame es un incidente puntual o un síntoma de presión operativa acumulada.

En contextos donde se busca mantener volúmenes, controlar costos y operar activos envejecidos, la tentación de extender ciclos de inspección o diferir mantenimientos mayores puede crecer. No necesariamente por negligencia directa, sino por restricciones presupuestales o metas de producción.

La diferencia entre un evento aislado y un patrón sistémico se identifica revisando:

Frecuencia de fugas por kilómetro.
Edad promedio de los ductos.
Índice de cumplimiento del plan de inspecciones.
Tasa de ejecución de reparaciones programadas.
Historial de corrosión en el mismo tramo.

Si la integridad mecánica se gestiona con enfoque preventivo, el derrame es una anomalía.
Si la integridad opera bajo presión financiera, el derrame es una advertencia.

Infraestructura crítica bajo estrés

Los ductos de hidrocarburos forman parte de la infraestructura crítica nacional. No solo transportan producto; sostienen cadenas de suministro energético.

Un derrame no interrumpe únicamente un flujo físico. Interrumpe confianza operativa.

El análisis técnico que surja de este evento deberá responder si el modelo de gestión de activos está alineado con estándares internacionales de integridad, o si la presión operativa está erosionando márgenes de seguridad invisibles.

En sistemas complejos, la falla no comienza el día que ocurre la fuga.
Comienza cuando la gestión del riesgo se normaliza como aceptable.

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