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Refinar no es transformar dinero en valor: eficiencia real de las refinerías de Pemex.

Reporte sobre la eficiencia real de las refinerías de Pemex, el margen variable de refinación, la confiabilidad operativa y el riesgo de confundir mayor procesamiento con creación de valor económico.

Refinar no es transformar dinero en valor: eficiencia real de las refinerías de Pemex.

Hay una idea que se ha repetido tanto en el debate energético mexicano que terminó por convertirse en dogma: refinar más equivale, casi por definición, a capturar más valor. Suena lógico. Si el país transforma su propio crudo, produce combustibles y reduce importaciones, parecería que el dinero trabaja mejor dentro de casa. El problema es que la refinación no premia la voluntad política. Premia la eficiencia técnica, la confiabilidad operativa, el rendimiento de productos de mayor valor y el control de costos. Cuando esas variables fallan, refinar no multiplica valor. Solo mueve dinero de una bolsa a otra mientras el sistema absorbe pérdidas, diferimientos y riesgo.

En los tres textos anteriores de la serie Petróleo Sistema ya quedó planteado el marco de fondo. Primero, que no todo barril paga. Después, que cumplir no salva a un activo si la declinación y los costos lo rebasan. Más tarde, que hay momentos en los que producir localmente puede costar más que importar. El siguiente paso natural es entrar al corazón industrial del problema: la refinación. Porque en México el debate no debería centrarse en si se refina más o menos, sino en si cada barril procesado realmente genera valor neto después de considerar rendimiento, margen, confiabilidad y presión financiera.

La primera confusión: procesar más no significa ganar más

Los datos oficiales de Pemex muestran por qué la discusión no puede quedarse en el volumen. En el cuarto trimestre de 2024 la utilización de capacidad de destilación primaria del Sistema Nacional de Refinación promedió 45.9 por ciento. En el primer trimestre de 2025 el procesamiento promedio fue de 936 mil barriles diarios y la producción de refinados fue de 917 mil barriles diarios. En ese mismo trimestre, el margen variable de refinación del sistema fue de 3.12 dólares por barril, 9.83 dólares por barril menor al observado un año antes. Es decir, una refinería puede estar procesando crudo y aun así capturar un margen muy débil si el entorno de precios, la mezcla de productos o los costos operativos no acompañan.

Ese dato del margen variable merece subrayarse porque desmonta una narrativa frecuente. Procesar barriles no es lo mismo que transformar barriles en dinero útil. Una refinería puede elevar carga y, al mismo tiempo, deteriorar el retorno del sistema si el valor adicional de los combustibles obtenidos no compensa el costo integral de operar, sostener confiabilidad, consumir energía, mantener plantas críticas y absorber paros o ineficiencias. La refinación, en otras palabras, no crea valor por decreto. Lo crea cuando el barril de salida vale suficientemente más que el barril de entrada después de pagar la factura técnica completa.

El verdadero examen está en el rendimiento de productos valiosos

La parte fina del análisis está en la canasta de productos. No vale lo mismo producir más volumen de residuales y combustóleo que incrementar la proporción de gasolinas, diésel y turbosina. Ahí sí hay una señal positiva en 2025. En el segundo trimestre, Pemex reportó que la producción de petrolíferos promedió 1.034 millones de barriles diarios y que el rendimiento conjunto de gasolinas, diésel y turbosina subió de 57.4 por ciento a 64.4 por ciento frente al mismo periodo de 2024, atribuible a mayor confiabilidad de plantas por el programa de rehabilitación. En el tercer trimestre de 2025 el procesamiento promedio subió a 1.009 millones de barriles diarios y la producción de petrolíferos a 1.001 millones, impulsada además por la entrada en operación de dos trenes de proceso en Olmeca.

Eso importa porque la eficiencia de una refinería no se juzga solo por cuánto crudo entra, sino por qué sale y con qué estabilidad sale. Una refinería puede lucir mejor en carga, pero no necesariamente en valor, si la conversión profunda sigue limitada, si el patrón de paros castiga la regularidad o si el sistema depende de un gasto creciente para sostener la mejora. Por eso la pregunta seria no es si el rendimiento subió en un trimestre, sino si la mejora es estructural y económicamente sostenible.

El cuello de botella no es ideológico, es industrial

Moody’s planteó el problema con una claridad que rara vez aparece en el discurso público. En su opinión crediticia de marzo de 2025 señaló que las refinerías de Pemex presionan el presupuesto con retornos dudosos y riesgos de sobrecostos. También advirtió que, dada la amplia capacidad de refinación disponible en Norteamérica y a nivel global, los retornos económicos de invertir en refinación tienden a ser bajos en el mediano y largo plazo bajo la transición energética. Más aún, sostuvo que una mayor carga de refinación podría exponer a Pemex a producción de combustibles de menor margen, reducir exportaciones de crudo y disminuir generación de ingresos en dólares, elevando el riesgo crediticio.

Esa observación es clave para entender por qué refinar no equivale automáticamente a crear valor. Si un sistema deja de exportar crudo para enviarlo a refinerías con márgenes bajos, lo que cambia no es solo el destino físico del barril. Cambia el perfil financiero de la empresa. Se reduce el flujo en dólares, aumenta la exposición a costos industriales locales y se hace más pesada la dependencia de una operación continua que, históricamente, no siempre ha sido estable. En ese punto la refinación deja de ser solo una apuesta industrial y se convierte en una decisión de balance y riesgo.

La eficiencia real se mide también por confiabilidad

En México la refinación ha sido castigada durante años por algo que no cabe bien en el titular político: la confiabilidad. Un sistema de refinerías envejecido no solo procesa menos cuando falla. También captura peor el valor cuando obliga a operar en ventanas inestables, con mantenimiento correctivo, cuellos de botella de plantas auxiliares y pérdidas de eficiencia entre arranques, paros y desbalances. Los informes trimestrales de Pemex muestran una recuperación parcial en 2024 y 2025, pero esa recuperación ha sido irregular. El cuarto trimestre de 2024 cerró con una utilización promedio de 45.9 por ciento. El primer trimestre de 2025 mostró una caída en procesamiento frente al mismo periodo del año previo. Solo después vino una mejora gradual en el segundo y tercer trimestre. Eso describe una recuperación en proceso, no un sistema ya consolidado.

Desde una perspectiva técnica, el valor industrial de una refinería no está solo en su nombreplate capacity, sino en su capacidad efectiva de sostener operación continua, rendimientos competitivos y control de costos sin que cada avance dependa de inyecciones extraordinarias de capital o de tolerar más riesgo operativo. Una refinería que corre mejor un trimestre pero sigue requiriendo gasto creciente y enfrenta alto riesgo de retrasos o sobrecostos todavía no probó que transforma dinero en valor. Solo probó que puede mejorar indicadores parciales.

Dos Bocas y la trampa del símbolo

Olmeca es, quizá, el mejor ejemplo de cómo el símbolo político y la lógica financiera pueden caminar en direcciones distintas. Reuters reportó que en junio de 2025 las siete refinerías locales procesaron 1.12 millones de barriles diarios, ayudadas por Olmeca, que recibió 191,585 barriles diarios. En paralelo, las exportaciones de crudo de Pemex cayeron 39 por ciento anual en ese mes, a 458,103 barriles diarios, el nivel más bajo desde que existen registros comparables, mientras las importaciones de refinados bajaron 38 por ciento. Esa foto puede presentarse como avance en soberanía energética. También puede leerse como una reconfiguración profunda del flujo del sistema, con más barriles quedándose en casa y menos barriles generando divisas en el exterior. Ambas lecturas son ciertas. La pregunta es cuál de las dos deja mejor resultado económico neto.

Moody’s añadió otro dato incómodo: estimó en torno a 20 mil millones de dólares el gasto gubernamental en la nueva refinería, además de advertir riesgos elevados de sobrecostos adicionales y demoras, así como la presión de mayores costos operativos cuando la planta opere cerca del rango donde se obtendría el mejor retorno. Con ese telón de fondo, el éxito de Olmeca no puede medirse solo por barriles procesados. Tiene que medirse por valor capturado después de costos, por calidad de productos, por estabilidad operativa y por la oportunidad financiera de haber invertido ese capital allí y no en otro punto del sistema.

El dinero se fuga cuando el sistema produce volumen pero no margen

Hay una trampa clásica en la refinación estatal: confundir sustitución de importaciones con creación automática de valor. Sustituir importaciones puede tener lógica estratégica, sobre todo ante vulnerabilidades externas. Pero estrategia industrial y rentabilidad no son sinónimos. Un país puede reducir compras externas y al mismo tiempo incrementar su exposición a un negocio de bajo margen, alto costo fijo y gran sensibilidad a fallas operativas. Eso es exactamente lo que preocupa a las agencias de riesgo cuando ven una empresa altamente endeudada apostando por una línea de negocio cuyo retorno depende de ejecutar casi sin error un sistema históricamente inestable.

En términos estrictos, la refinación crea valor cuando combina cuatro condiciones. Una carga suficiente y sostenida. Una canasta de productos más rica en destilados valiosos. Una estructura de costos razonable. Una confiabilidad que permita repetir el desempeño. Cuando una de esas piezas falla, el dinero no se transforma en valor: se transforma en subsidio operativo, en flujo de caja presionado o en mayor riesgo de balance. Los reportes de 2025 muestran avances parciales en rendimiento y volumen, pero no son, por sí mismos, prueba definitiva de que el sistema ya cruzó al terreno de la rentabilidad estructural.

Donde entra RegulaOps

La discusión sobre eficiencia de refinerías suele partirse artificialmente entre dos bandos. El técnico, que mira disponibilidad, rendimientos y confiabilidad. El financiero, que mira margen, deuda y flujo. RegulaOps es útil precisamente porque obliga a leer el sistema completo. Una mejora de rendimiento no vale igual si viene acompañada de una presión creciente de mantenimiento. Un aumento de procesamiento no dice lo mismo si el margen variable se comprime. Una reducción de importaciones puede lucir bien en política pública y, sin embargo, deteriorar la posición financiera si erosiona ingresos en dólares y traslada más peso al costo industrial interno.

En petróleo, y especialmente en refinación, el problema más caro casi nunca es el que se ve primero. Lo más caro no es operar una planta. Lo más caro es operar una planta sin saber con precisión cuándo deja de crear valor y empieza simplemente a consumirlo. Ahí es donde una capa de inteligencia operativa, regulatoria y económica deja de ser un accesorio y se vuelve una necesidad.

Lo que realmente está en juego

México no necesita una conversación sentimental sobre sus refinerías. Necesita una conversación exacta. Si el objetivo es convertir el crudo en combustibles y al mismo tiempo en valor económico, entonces la evaluación debe ser despiadadamente técnica. Hay que mirar utilización, rendimiento, margen variable, confiabilidad, costo incremental, presión presupuestal y efecto sobre el perfil financiero de Pemex. Los datos más recientes muestran una mejora operativa respecto de los peores años, pero también exhiben que el salto de volumen a valor sigue lejos de ser automático.

Refinar puede ser una herramienta industrial legítima. Lo que no puede ser es un acto de fe. En la refinación, como en todo el sistema petrolero, el dinero solo se convierte en valor cuando la física, la confiabilidad y el margen trabajan a favor al mismo tiempo. Y ese, en México, todavía sigue siendo el examen pendiente.


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