El frío extremo en Estados Unidos redujo producción y exportaciones de gas y LNG, elevando precios y evidenciando la vulnerabilidad del suministro energético para México.
El episodio de frío extremo registrado en amplias zonas de Estados Unidos el 26 de enero de 2026 volvió a activar un mecanismo bien conocido por los operadores del mercado, pero con efectos que esta vez se propagaron con mayor rapidez al sistema global de gas natural y LNG. No fue un fenómeno aislado ni un simple repunte estacional de precios. Fue una disrupción operativa que afectó simultáneamente producción, procesamiento y exportación, alterando el equilibrio entre oferta flexible y demanda firme en los principales corredores energéticos.
El punto de partida estuvo en los yacimientos y sistemas de recolección. Las temperaturas bajo cero provocaron congelamiento de válvulas, líneas de gathering y equipos de separación de líquidos, reduciendo volúmenes efectivos aun en campos con producción estable. A diferencia de otros eventos, el impacto no se limitó a pozos marginales. En varias cuencas clave, la caída de presión y las paradas preventivas se trasladaron aguas abajo, obligando a operadores a priorizar integridad mecánica sobre continuidad de flujo.
El siguiente eslabón fue el procesamiento. Las plantas de tratamiento de gas, esenciales para remover líquidos y cumplir especificaciones de calidad, operaron con restricciones severas. La pérdida de capacidad en este punto es crítica porque genera cuellos de botella que no se resuelven con producción adicional. Aunque el gas esté en el subsuelo, no puede entrar al sistema comercial sin pasar por estas instalaciones. El resultado fue una contracción efectiva de la oferta disponible para transporte y, por extensión, para exportación.
Esa restricción coincidió con picos de demanda doméstica en Estados Unidos. El consumo residencial y eléctrico absorbió volúmenes que en condiciones normales se destinan al mercado internacional. En ese entorno, las terminales de exportación de LNG operaron bajo una lógica distinta. No se trata de cancelaciones abruptas, sino de ajustes en programación, menor feedgas y reordenamiento de cargas. Cada molécula retenida en el sistema interno es una molécula menos disponible para Asia o Europa.
El mercado global reaccionó de manera casi inmediata. Los precios spot de LNG se ajustaron al alza ante la expectativa de menor disponibilidad estadounidense, que hoy representa uno de los pilares del suministro flexible mundial. La sensibilidad es mayor porque el LNG norteamericano actúa como válvula de equilibrio. Cuando falla o se restringe, el sistema pierde amortiguación y los diferenciales regionales se amplifican. El frío no crea demanda global nueva, pero reduce la oferta marginal que mantiene contenidos los precios.
Para México, el episodio vuelve a evidenciar una vulnerabilidad estructural que va más allá del LNG. El país depende de manera predominante del gas natural importado por ducto desde Estados Unidos para sostener su generación eléctrica y buena parte de su actividad industrial. Cuando el sistema estadounidense entra en modo defensivo por razones climáticas, la disponibilidad transfronteriza se vuelve más rígida y menos predecible. No es un problema contractual, sino físico y operativo.
La transmisión del riesgo es directa. Menor flujo disponible implica presión sobre precios de referencia y sobre la capacidad de despacho de centrales a gas. En regiones altamente gasificadas, la flexibilidad operativa se reduce y el sistema eléctrico queda más expuesto a decisiones tomadas fuera del territorio nacional. La ausencia de almacenamiento estratégico relevante amplifica esa exposición. México consume gas en tiempo real y depende de que el flujo continuo no se interrumpa.
Instituciones como CENAGAS operan con esquemas diseñados para eficiencia en condiciones normales, no para absorber disrupciones prolongadas de origen externo. La Comisión Federal de Electricidad, por su parte, enfrenta el dilema de sostener generación confiable en un entorno donde el insumo crítico está sujeto a eventos climáticos cada vez más frecuentes e intensos. El problema no es la falta de contratos, sino la dependencia de un sistema ajeno cuando ese sistema prioriza su propia estabilidad.
El frío extremo en Estados Unidos no es una anomalía imprevisible. Es un factor recurrente que expone cómo el mercado global de gas natural y LNG sigue siendo vulnerable a disrupciones físicas concentradas en pocos nodos críticos. Para México, cada episodio de este tipo reitera que la seguridad energética no se define solo por acceso a mercados o interconexiones, sino por la capacidad de gestionar el riesgo operativo que acompaña a esa interdependencia.
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